Y en nuestra historia de la salvación quien mejor que San José para ser el Primer Padre del Corazón.
San José, un hombre al que le tocó “bailar con la más fea” teniendo que aceptar, por la fe, que su mujer, María, estaba embarazada del Amor de Dios. Aceptarlo y callarlo en una época de rumores y pensamientos muy duros para ese tipo de concepciones. Pero él se lo bancó solito y con hidalguía. Con dolor y temor, al principio. Pero con una fe, en Dios y en su Mujer, tan grande que ni el peor malpensado podría oscurecer aquel brillo de santidad y fidelidad que se desprendía de José.
Huyo en silencio para no exponer a su Mujer. Escuchó la voz del Ángel cuando le dijo “no tengas miedo” y acepto al Hijo de Dios como al más fiel gen de su sangre. Lo aceptó, lo cuido, lo educó. . . pero sobretodo lo quiso como propio, como de su estirpe. ¿Acaso los padres del corazón, aquellos que adoptan, no tendrán una gota de San José en su interior?
San José desaparece junto con la infancia de Jesús, desaparece físicamente del Nuevo Testamento pero queda grabado a fuego, cual rúbrica de amor, en el corazón de aquel Dios que supo hacerse hombre para conocer que se siente ser hijo del gran José.
En una época como la nuestra, que se caracteriza por el miedo a la vida, la figura de San José, es una llamada a ser respetuosos del misterio de la vida.
Este compromiso de José con el Hijo de Dios y con la vida humana, lo convierte en modelo para todos los varones y para todos los seres humanos.
Este compromiso con la dignidad de la persona humana, custodiada por su condición de varón, nos compromete a todos como cristianos. Esta confianza que vence el miedo, y le permite superar cualquier limite (porque el amor siempre es inagotable en su creatividad) convierte a San José, en una propuesta para todos nosotros.
San José, padre del corazón
Te pedimos que bendigas y protejas
la fidelidad de los esposos,
el amor de los padres y
la esperanza en aquella gran dupla:
Padre e Hijo del corazón.
AMÉN

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