¿Por qué derechos humanos en el aula?
En la sociedad actual, se hace imposible deslindarse de factores que influyen en cualquier proceso educativo. La escuela no es la única que moldea el comportamiento, pero sí la que debe proponerse el condicionamiento y la incorporación social del educando con un conjunto mínimo de actitudes, conocimientos y valores que favorezcan la sociedad democrática planteada.
Tradicionalmente se ha supuesto que la formación y desarrollo intelectual son garantías para el desarrollo de las instancias morales y la formación de una conciencia social. De aquí se desprende que las escuelas y sus currículos se han organizado, orientado y especializado en impartir conocimientos y saberes universales, suponiendo que en estos están implícitos los mensajes de valores y actitudinales que los estudiantes internalizan. En la realidad la práctica nos indica que esto funciona a medias, en vista de que entre esos alumnos y alumnas “formados” están quienes han sido irrespetuosos y victimarios de sus congéneres, violando sistemáticamente sus derechos fundamentales y propiciando mayores situaciones de insolidaridad.
Entonces encontramos que la temática de los derechos humanos no se agota en las materias de estudio, sino que requiere de una reconsideración de fondo en el currículo tanto explícito como implícito, ya que esta temática, de por sí, constituye una ideología que debiera estar presente y ser vivida en la enseñanza de los contenidos programáticos; esto si queremos formar ciudadanos con clara conciencia social y moral en conocimiento pleno de sus deberes y derechos. Con el fin de propiciar cambios actitudinales ante el desarrollo desmedido de una sociedad global y excluyente. Es decir, ciudadanos que pretendan una sociedad más solidaria.
Para aproximarse al conocimiento de los derechos humanos hay que hacerlo desde lo racional, pero también desde lo afectivo. Es un saber que está en la cotidianidad, en el diario vivir, en la vida económica, social y política. En la comunidad, en la familia, en la escuela se vive el respeto o la violación de los derechos humanos. Es reconociendo la realidad y conflictividad que se genera en la vida diaria, y viviendo los valores vinculados a los derechos humanos que se puede hablar de su aprendizaje. No es solo mera información sobre ellos lo que conlleva a su internalización.
En el aula debemos hacer el ejercicio permanente de promoción y defensa de los derechos, poner en práctica el respeto al derecho ajeno, ejercer nuestro derecho, y establecer un dialogo democrático que nos enseñe la resolución no violenta de nuestras diferencias. El aula es el espacio para aprender la aceptación de los que vemos como diferentes, de reconocer el valor de la diversidad cultural, de reconocer en el resto de los compañeros el complemento social del que cada niño necesita para su desarrollo integral.
La educación en derechos humanos, tiene como preocupación la instauración de una nueva cultura cuyo fundamento contemple los derechos humanos y cuyo centro sea el ser humano en su dignidad, tomando conciencia de que en cada derecho, que todos y cada uno tiene, nace el deber de todos y cada uno de respetar ese derecho en los demás.
¿Cómo educar en y para los derechos humanos?
¿Hay escuelas que todavía son autoritarias, jerárquicas, no dialogantes, poco participativas; que tienen una práctica que poco facilita una educación en derechos humanos.? Se necesita construir, aunque sea en un proceso lento pero sostenido, una cultura escolar distinta.
La escuela debe propiciar una cultura de la comunicación, en donde padres, maestros, personal administrativo, obreros y alumnos se integren en espacios de dialogo para expresarse, comprenderse, aclararse, coincidir, disentir y comprometerse con su proceso educativo y desarrollo, tanto personal como colectivo. Debe valorarse el saber universal y sistemático, pero a la vez el conocimiento de la realidad que tengan los alumnos. Solo en un espacio democrático podemos aprender y vivir para la dignificación del ser humano y el respeto de sus derechos.
El papel del docente debe revisarse, este tiene que hacer una crítica a su forma de actuar y vincularse en la escuela, sus creencias e ideas deben estar acordes al respeto de los derechos humanos. El educador es la “estrella” del proceso, en torno a él gira el resto de los participantes del diario vivir escolar. No es el actor más importante, pero si uno con alto grado de responsabilidad. Es importante recordar que es el de mayor permanencia en la institución escolar. El docente es y debe ser guía en la institución. Por esto debe revisar su actitud hacia el proceso. Esta revisión crítica no es más que acercarse a la concepción y esencia del ser maestro.
El educador debe ser el primero en propiciar el espacio para el desarrollo de ciudadanos conscientes de su papel en la sociedad, incluyendo la revisión permanente de textos, relaciones, contenidos y valores transmitidos en el proceso de enseñanza y aprendizaje. La universidad no forma en estos ámbitos, al contrario un variado número de materias curriculares en las escuelas de educación y en los pedagógicos, son impartidas bajo criterios de autoritarismo e imposición de criterios y puntos de vista únicos, sin permitir la participación activa y creativa del aprendiz de docente. Debemos plantear entonces todo un plan de formación docente que conlleve a internalizar nuevas actitudes y valores en los maestros, que le permitan democratizar el aula de clase, que favorezcan la participación plena de los demás miembros de la institución.
Aquí, vale la pena una advertencia previa referida a la autonomía del docente en el aula. El maestro tiene la suficiente independencia para implementar planes y acciones que faciliten un aprendizaje democrático, donde la vivencia del respeto mutuo y la responsabilidad compartida sean la orientación. Es este un proceso que no requiere de grandes reformas en el sistema educativo, sino de la voluntad y capacidad del docente. Sin embargo, este avance será limitado o favorecido por la situación imperante en el resto de la institución y de acuerdo a la cooperación que brinde la comunidad educativa en su totalidad. Como actuar independiente está muy bien, pero como sociedad no se debe dejar a la iniciativa de los que quieran la orientación del proceso educativo.

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