En esto, el velo del Santuario se rasgó en dos, de arriba abajo;
tembló la tierra y las rocas se hendieron.
Mateo 27,51
La caída de la lágrima divina.
Dirigiendo su mirada a lo alto, Jesucristo pronuncia su última palabra: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”; para luego entregar su espíritu. En ese momento, se desprende una gota de agua -la lágrima de Dios Padre- que termina por estrellarse en la tierra, provocando un terremoto. De esta forma tan sencilla y sugerente, se abre una ventana al designio divino: ¡Dios Padre se ha conmovido ante la entrega de su Hijo en la cruz!
De esta forma, esa lágrima pasa a ser expresión, al mismo tiempo, de la cólera y de la misericordia divina. Vale aclarar que en Dios no hay irritación egoísta ni espíritu de represalia, sino la expresión del que sufre por el rechazo de la gracia de salvación, e intenta por todos los medios superar los obstáculos derivados de la mala disposición del hombre.
El velo del Templo se rasgó en el momento de la muerte de Cristo, el costado de Cristo fue también rasgado por la lanza. Ya no hay ningún velo que nos oculte a Dios. En la muerte de Cristo se descubre el misterio escondido en el Antiguo Testamento. Dios ya no tiene secretos con nosotros. El Corazón de Cristo, nos revela la intimidad de Dios: “A vosotros ya no os llamo siervos, sino amigos; porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer”[1]
Dios Padre entregó a su Hijo a la cruz, como sacrificio de salvación y reparación por toda la humanidad: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados.” [2]
El Hijo ofrece su vida al Padre, libremente y por amor, para reparar nuestra desobediencia[3]. Finalmente, el Padre, conmovido, acepta el sacrificio de su Hijo. La resurrección de Cristo no es sino el abrazo del Padre con Cristo, por el que acoge su ofrenda en favor de todos los hombres. Como fruto de este designio de salvación, la humanidad es reconciliada con Dios por medio de Cristo: somos hijos en el Hijo.
El acto de obediencia que se encierra en la cruz, supone la victoria definitiva sobre el demonio, quien en todo momento había estado al acecho, intentando apartar a Jesús del designio redentor recibido de su Padre. Así entenderemos la importancia del pasaje bíblico: “Si por la desobediencia de uno, todos fueron constituidos pecadores, también por la obediencia de uno, todos serán justificados” [4]
En la cruz de Cristo se aúnan dos planos diferentes, aunque no contradictorios: la libre causalidad humana y el designio redentor de Dios, tan frecuentemente anunciado por los profetas. Al mismo tiempo que Jesús padece la mayor de las injusticias humanas, entrega su vida por nuestra justificación en un acto de amor al Padre y a cada uno de nosotros: “A mí nadie me quita la vida, sino que yo la doy voluntariamente” [5]
Somos seres humanos, pero somos su milagro, por eso Dios sufre si no actuamos como él nos hizo, por que el nos hizo con amor, y amor es vida, y él nos hizo fuertes, capaces, nos dotó de inteligencia, nos entrego dones y talentos. Talentos que tenemos que buscarlos en nosotros, porque en nosotros están. Talentos que debemos hacer fructificar, porque de nosotros depende.
Esas cualidades que nos entregó Dios, nos harán entusiasmar cuando tengamos un problema.
No tengas miedo de comenzar de nuevo, sos la creación de Dios, y si aceptas eso, el camino hacia la felicidad lo encontrarás pronto, porque al aceptar que eres un milagro de Dios, todo lo que enfrentes será superado.
Aunque “mentes brillantes” traten de convencerte de lo contrario, no hay ninguna duda, Dios se conmueve. Eso lo percibimos en Cristo, en El se manifiesta no sólo el rostro de Dios, sino también la perfección del hombre.

1 comentario:
HOLA, muy buena la reflexión. Se descubre una espiritualidad profunda y sensible.
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